martes, 22 de julio de 2014

Shally sueña.

  • ¿Cuál es tu sueño, John?

Todavía sin haberse aferrado a su mano, sintió que debía de cogérsela a Shally para apretar sin ejercer demasiada fuerza sus dedos contra el dorso de su mano. Así que ante la expectativa de ser consciente que ambos pasarían mucho tiempo sentados en el porche de la casa se tomó la libertad de guiarla y así tocarla como deseaba hacerlo, sin omitir ni descuidar la frase que ella le había hecho.

  • Estar contigo para siempre. - No hubo vacilación alguna en sus palabras.

Shally sonrió. Y John contempló la expresión de sus labios y le devolvió el gesto con suavidad imitando también esa misma mueca.

  • Hablo de algo único y personal, John. De esa fantasía que nadie más que tú desea conocer. Te estoy hablando de ese sueño que no te atreves a decir a nadie por miedo a que su falta de motivaciones y de compromiso te lo desmorone como si un castillo de arena mecido por las aguas del mar. Dime entonces, ¿cuál es tu sueño?

Se tomó algo de tiempo para pensar. Miró el cielo y finalmente respondió.

  • Siempre quise ser un Sheriff, así que supongo que ese era mi sueño especial.

Shally se levantó tan rápidamente del escalón de madera que a John le dio la sensación de que el suelo sobre el que ambos habían permanecido sentados quemaba como el fuego.

La joven y hermosa mujer soltó su mano, bajó el último escalón y extendió sus brazos en el aire, y el gélido viento de la noche levantó el vuelo de su camisón y sus botas de vaquera se llenaron del polvo del camino.

  • Eso no es un sueño especial. - Le increpó sin demasiada dureza en sus palabras. - Cuando era aún muy pequeña mi tío Larson encontró a un hombre al que le habían dado una brutal paliza y le habían abandonado a su suerte en la árida tierra del desierto. Sin agua ni alimentos, no habría sobrevivido en aquel inhóspito paraje un día más, pero debía de ser un hombre extraordinariamente especial, me explicó, porque él era el único que se desvía con habitual frecuencia por ese camino para pensar cuando las ideas le ahogan el cerebro. Yo le cogí mucho cariño, y vivió con nosotros durante algún tiempo hasta que mi tío me contó que su errante vida no le permitiría quedarse ligado a la tierra en la que ahora vivo, así que por eso debía irse, y por eso nos abandonó, sin decirme adiós.

Su espalda, el vuelo de su camisón, sus cabellos mecidos por el viento. A John le dio la impresión de que hasta la misma naturaleza era su enemiga, porque todo cuanto rodeaba a la preciosa Shally parecía querer llevársela a un lugar donde él nunca más la vería.

  • ¿Querías irte con él? - La voz de John se fue apagando con lentitud, como si de un candil al que se le acaba la reserva de aceite se tratase.

Shally se dio la vuelta y comenzó a dar vueltas sobre sí misma bajo el brillante cielo estrellado.

  • No lo entiendes, John, aún sigo ligada a él: bajo el mismo cielo, al amparo de las mismas estrellas, respirando el mismo aire, caminando las mismas huellas que él dejó atrás, nunca se fue de mi vida y yo tampoco lo haré de la suya mientras ambos sigamos con vida. Donde quiera que esté sé que seguirá pensando en mí como yo lo hago con él. Y cuando muramos compartiremos la misma tierra. Estamos ligados, aunque no tengamos los mismos lazos de sangre. Igual que lo estoy a ti.

Y sus cautivadores ojos se quedaron clavados en el anonadado rostro de John.


  • Te diré que mi sueño especial era ser domadora profesional de leones de peluche. Y lo conseguí. Un día te hablaré de esa historia, pero ahora...

La boca de John tapó sus palabras, dejando que estás siguieran gestándose en el interior de su garganta. La lengua de Shally se unió al incesante baile que la boca de su amante le había propuesto y siguieron besándose unidos por unos sentimientos que nadie mejor que ellos podía comprender, bajo ese firmamento que a todos une por igual y que vive absorto en su mundo, que vive viendo las vidas humanas florecer y marchitarse en cuestión de segundos.


Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

viernes, 18 de julio de 2014

Cowboys, Calamity Jane y la pequeña Shally Northom.

La imagen que dábamos no podía ser más bochornosa: mis vaqueros estaban tirados en algún rincón de la habitación junto con el resto de mi ropa, y sin embargo con lo único que pude taparme en aquellos momentos fue con una escueta almohada de motel que apenas cubría una parte de mi anatomía. Dejé como acto de cortesía y caballerosidad las sábanas y mantas para la joven señorita quien, abochornada por semejante intrusión, se tapó la cara para ocultar así el color de sus ruborizadas mejillas. Me hubiera gustado que aquellos hombres nos hubieran devuelto la privacidad que tanto nos merecíamos, pero en lugar de eso lo único que logramos fue ser sacados a rastras de aquella habitación, ella siendo zarandeada de un lado para otro sin ton ni son y yo a golpe de puñetazos y patadas mientras mordía literalmente el polvo completamente desnudo. Sus golpes se repitieron y sus patadas no cesaron, y en su burlesco comportamiento saboreé mi propia sangre mientras me quedaba inconsciente debido a la brutal paliza que aquellos matones del pueblo me propinaron.

Cuando volví a recobrar la consciencia estaba atado de pies y manos y tumbado con el pecho descubierto sobre una afilada roca que se me clavaba como una aguja en las costillas mientras los buitres sobrevolaban mi cuerpo aún vivo esperando que en cualquier momento mi carne se convirtiera en su alimento. Entre el calor y los golpes recibidos no me costó demasiado tiempo volver a perder la consciencia, así que los párpados de mis ojos volvieron a caer como telones tras el final de un acto y me quedé allí tumbado esperando a que mi fortuna tuviera un nuevo golpe de suerte.

Cuando volví a recuperar la consciencia estaba en una cálida habitación pintada de color crema con grandes ventanas y cortinas de un color cremoso lechoso, a través de las cuales podía ver la colada de sus propietarios siendo tendida sobre las cuerdas de metal al aire mecidas por el viento y acompañadas por el movimiento de la verde hierba. Cerré de nuevo los ojos, pero esta vez no me quedé dormido ni perdí la consciencia, simplemente lo hice para deleitarme con el tranquilizante olor de la lavanda a los pies de mi cama. Volví en mi al sentir la presencia de alguien más en el dormitorio, y efectivamente mis ojos no me engañaron, pues al otro lado de la habitación unas diminutas manos jugaban con mi sombrero vaquero poniéndoselo y quitándoselo de la cabeza cuando caía sobre su frente y le cubría parcial o totalmente la visión.

Al principio no sabía si lo que tenía delante de mis ojos era un niño o una niña, pero cuando se quitó el sombrero y me miró directamente a los ojos quedé prendado de su nostálgica mirada, del color de sus iris, de la sonrisa de sus labios, y el corazón me dio un vuelco, pues juro por dios que nunca en mi vida había visto una niña más bonita que aquella muchacha que a los pies de mi cama sostenía un ramo de flores de lavanda que posteriormente me ofreció con sus mejores deseos.

  • Señor. - Habló con lentitud, como si el tiempo y la medición de éste fueran de poca importancia en su boca y su vida. - ¿Es usted un cowboy de verdad?
Su madre entró presta y veloz en la habitación y la regañó de inmediato por coger mis pertenencias sin que le hubiese dado permiso para hacerlo. Pero la pequeña niña hizo caso omiso de su enfado y saltando de la silla como si fuera una pequeña rana fuera de su charca corrió hasta mi cama y se colocó a mi lado para devolverme el sombrero.

  • Señor, ¿es usted uno de esos cowboys del viejo Oeste?

Confuso miré a su madre.

  • Perdónela. - Su madre volvió para colocarse a su lado, apoyar sus dedos sobre sus hombros y pedirle que se hiciera un lado para que dejara de molestarme. - Mi padre solía contarle antes de irse a dormir historias del viejo Oeste, de la tierra en donde nació, así que ella vive ensimismada en ese mundo creyendo que todo los hombres que llevan sombreros como el suyo son cowboys, buscadores de oro, cheyennes, malechores... Ya sabe, son cosas de niños.

No pude evitar sonreír. Aunque fue un gesto que me hizo doler hasta el último de mis músculos y huesos.

  • Cuando sea mayor seré como Calamity Jane.

Y me lo dijo con tanta seriedad que aunque hubiese querido dudar de su palabra no habría podido hacerlo, así que le frote los cabellos y me enamoré aún más de su inocente forma de ver el mundo.

  • ¿Cómo te llamas? - Le pregunté casi de inmediato, como si el tiempo me apremiase y las palabras me quemasen la boca.
  • Shally, señor. - Se distrajo un momento con la sombra de un ave sobrevolando por encima de la ventana. - Shally Northom.


Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

lunes, 14 de julio de 2014

La estrella de mi cielo.

John pensó que habría estado bien fingir y hacerle creer que a su lado nunca tendría la necesidad de anhelar una vida mejor o extender sus alas para ver con sus propios ojos nuevos horizontes aún sin descubrir, pero el don de Shally era la capacidad de ver la mentira en la boca de quien la evoca.

Ella se levantó de la cama horas antes de que el sol asomara por el horizonte y olvidó por completo que tenía que calzarse y cubrirse los hombros con una gruesa chaqueta de lana para no tener frío. Caminó descalza y obligó a sus ojos a acostumbrarse a la oscuridad de la noche, sin encender un candil para alumbrar el camino que llevaba desde la estancia hasta el pasillo. Omitió deslizar las yemas de sus dedos sobre la mesilla de noche y así iluminar aquella estancia que nunca reclamó como suya pero que a John le encantaba decir que era de ambos pues así él lo había deseado. Un hombre de su talante, con la experiencia de la vida marcada en sus arrugas y en sus fatigados ojos no podía entender como se sentía Shally, porque siempre la tenía presente como una dulce muñeca de trapo a la que hay que cuidar y reparar cuando se rompe. Pero para ella la vida aún no había comenzado, y mucho menos en aquel pequeño pueblo llamado Buford, donde la asfixiante mentalidad de los nativos no le permitía en ningún momento actuar de la manera que siempre deseaba sin ser juzgada, golpeada por los más pequeños con sus afiladas piedras o vapuleada por las bocas de los hombres y los brazos y manos de los más jóvenes. Siendo siempre objeto de burla en la boca de mujeres más jóvenes y fustigada con palabras mal sonantes oídas en los labios de sus mayores las niñas hacían a su lado un corro y cantaban canciones que la menospreciaban, pues nadie la entendía y aquellos que intentaban conocerla a fondo sólo se limitaban a mirar para un lado cuando algún gesto fuera de lo común les sorprendía o les ruborizaba. John no era muy distinto a los demás, aunque se esforzarse por intentar entenderla; ella admiraba su esfuerzo y entrega, pero John seguía siendo esa clase de persona que vivía acorde a su tiempo, atrapado en unas normas e ideales que no le dejaban respirar el mismo aire que ella. Cuando los pies de Shally comenzaron a bajar los escalones se dio la vuelta, pues creyó oír las pisadas de su amante a sus espaldas, pero se equivocaba, así que volvió la mirada hacia el frente y bajó uno a uno los escalones de la casa. Corrió el pestillo de la puerta principal y extrajo la llave de la cerradura. Tras asegurarse de que John seguía dormido salió a la calle y se sentó en el primer escalón del pórtico, donde se paró a mirar las estrellas que hacía mucho tiempo que no veía. Le habló a la Luna, pues era su única amiga y confidente, y la palma de la mano pintada pegó su dorso al cielo para que las estrellas le concedieran su más anhelado deseo. Pero el sonido de la puerta a sus espaldas la asustó, y pegó un pequeño brinco de que un grito acompañó: no esperaba que John se hubiese despertado, pero ahí estaba delante de ella. 


La mitad del cuerpo desnudo al descubierto, los ojos consumidos por la fatiga y el cansancio, y la barba de varios días sin afeitar le daban un aspecto aún más envejecido, pero es que la diferencia de edad era un hecho a tener en cuenta. Shally sólo tenía veinte años, mientras que John estaba a punto de alcanzar los cuarenta y dos. No quiso saber qué hacía, ni tan siquiera se esforzó en preguntarle por qué se había levantando de la cama; se sentó a su lado y se quedó con ella contemplando el cielo nocturno, consciente de que algún día ella se iría de su lado para siempre.


Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

viernes, 4 de julio de 2014

Morir en tu interior.

Al raspar con las yemas de mis dedos sus muslos se contrajeron entre mis dedos, su sexo se excitó y su fragancia interna se intensificó abriéndome el apetito y provocando en mí una reacción animal que empino el arco de mi falo y con gozoso gusto la hubiese penetrado de manera irracional hasta quedar satisfecho al eyacular en su interior. Pero de nada me hubiese servido actuar de esta manera así que, a pesar de esa insaciable avidez que sufría, tomé la precaución de ir despacio, de gozar con ella al mismo tiempo del sexo, un gesto que a ella no pareció importunarle ni lo más mínimo. Levanté con mis manos sus nalgas del colchón, y al tenerla a la altura de la boca percibí con más detalle su deliciosa fragancia, un olor que me cautivo, pues era afrutado, como el perfume de propia piel, sólo que más intenso. Delante de mis ojos los pliegues de su pubis del color de la miel habían sido cortados, no rasurados, pero no me detuve por más tiempo en contemplar esa parte de su anatomía, yo deseaba llegar más lejos, así que liberé una de mis manos y replegué con suavidad el capuchón de su clítoris y al oírla gemir por las atenciones de las yemas de dedos supe que había llegado el momento de posar la punta de mi lengua y lamer con suavidad esa carnosa parte de su anatomía. Su aroma se volvió a intensificar, sus muslos se contrajeron en torno a mis hombros y sus manos dejaron de estar aferradas a las sábanas y se hundieron en el interior de mis cabellos. Sus gemidos aumentaron, y la fuerza de sus piernas presionó mi cabeza, pero yo la sostuve para evitar que se escapara de mis atenciones. Ella quería más, gritó “vaquero, vaquero” en reiteradas ocasiones, y aparté mi lengua e hice presión con mis dedos, y al oírla gritar de nuevo sentí su humedad deslizarse por sus muslos, y metí mis dedos donde momentos antes deseé hacerlo con mi pene. Y subí y baje, y palpé su interior, y sus piernas temblaron y sus jadeos atrajeron la atención de los inquilinos de la habitación de al lado, quienes no cesaron de aporrear la pared para que disminuyéramos el volumen de nuestra aventura. Pero el límite parecía habernos abandonado, y ahora no podíamos ponerle freno a nuestras pasiones y deseos.

  • Voy a meterla.

No fue una sugerencia. Iba a entrar en ella, porque sabía que era lo que quería. Y me quedé perplejo al descubrir cómo se abría de piernas sólo para mí, para recibir mi masculinidad, y levanté sus piernas y las coloqué por encima de mis hombros para penetrarla con suavidad, pero su voraz apetito me invitó a impulsar mis caderas con más fuerza en su interior, y al rítmico movimiento de nuestros cuerpos prácticamente desnudos se unió el sonido de los viejos muelles, y el estridente sonido fue una molestia para nuestros oídos, pero era lo mejor que podíamos permitirnos en aquellos momentos, dado que los hombres como yo no viven en casas lujosas y ella no podía permitirse llevarme a la suya.

Estaba a punto de correrme en su interior cuando la puerta de nuestra habitación fue golpeada con violencia reiteradas veces, y al oírla gritar a ella los hombres que estaban posicionados en la calle no dudaron en tirarla abajo, y así fue como en el momento más critico e íntimo fuimos descubiertos en plena copulación.

Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

jueves, 3 de julio de 2014

Remembranza.

  • ¿Remembranza?

Shally asintió con la cabeza, mientras hundía su cara en el agua y sacaba los pies a flote al otro lado de la bañera. Aquel día, después de hacerle el amor reiteradas veces ella le confesó que esa era su palabra preferida. John nunca había oído nada semejante en boca de nadie, pero a él le pareció curioso e inusual que ella escogiera un término para definirse a sí misma.

  • Toma la cámara. - Recordó al instante el tono de su voz en su memoria. - Haz de este momento mi remembranza.

Y gustosamente volvió a la habitación sobre sus propios pasos y tomó entre sus dedos la vieja cámara que aún guardada en el armario esperaba a ser rescatada de las garras del olvido, donde hacía años que la había arrojado olvidándose por completo de su máquina y su función.

John volvió al cuarto de baño, ansioso por retratar el cuerpo de la mujer que amaba completamente desnuda, y le resultó sorprendente comprobar lo bella que estaba detrás del objetivo. El halo de timidez que siempre la envolvía parecía haber caído a sus pies. Pasó sus manos entre sus cabellos y su cabeza cayó sobre la bañera, y con la mirada fija clavó sus ojos en él, quien a su vez le miraba con una expresión perpleja en el rostro sin saber qué hacer.


  • Vamos John...- Le animó con sus palabras .- Hoy seré tu musa.

Resultaba increíble oír hablar de aquella manera a una mujer que apenas cruzaba dos palabras con él al día; se había desinhibido completamente delante de la cámara, como si aquel objeto tuviera el mágico poder de transformarla con sólo estar cerca de ella. Pensó en lo estúpido que había sido durante todos aquellos años en los que se había mantenido alejado de ella, tal vez si se hubiera percatado antes de aquel detalle ahora su relación sería más profunda y ardiente.

El cuerpo completamente desnudo de Shally fue fotografiado. Cada centímetro de su piel quedó aquel día impreso en el negativo: sus pequeños pero gruesos dedos jugando, su tatuada piel, su boca, sus labios... Todas aquellas imágenes quedaron grabadas en aquel carrete que con el tiempo acabó extraviándose sin llegar a ser nunca encontrado, al igual que los pasos de ella.



Shally tenía razón, la palabra que mejor la definía como mujer era remembranza, y para que no se olvidara lo anotó en aquella composición de fotografías que John le había regalado días después de tomárselas. Lamentablemente de aquellos retratos del pasado no quedaron recuerdos, pues el fuego es un cruel enemigo que devora todo a su paso, aunque en aquellas imágenes estuvieran los diez minutos más felices de la vida de Shally.



Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

lunes, 30 de junio de 2014

El placer de tu sexo.

Mis ojos cayeron sobre su cuerpo y pude ver como su boca se entreabría de inmediato para recibir a mi sexo. Fue una rápida actuación por su parte, la de abrirse paso a través de mis vaqueros y calzoncillos y sacar de esa cárcel de tela a mi hinchada verga que solicitaba sin palabra alguna las atenciones de la dama. Con sumo cuidado alcé su rostro y en sus ojos vi la determinación, así que si ella no tenía duda alguna de lo que estaba dispuesta a hacerme yo tampoco buscaría el valor necesario para impedirle seguir adelante.

El calor de la punta de su lengua fue como un torbellino de sensaciones, su saliva actuaba como un lubricante y cuanto más la lamía, más control sobre mí mismo tenía que ejercer para no perder los papeles y dejarme llevar por la fuerza del instinto primario que no atiende a razones y que se olvida de que a veces debemos disfrutar del momento para sentir el gozo con mayor deleite. Ni tan siquiera sabía su nombre, y aunque se lo hubiese querido preguntar no me hubiese podido responder debido a que su boca estaba demasiado ocupada con otra parte de mi anatomía en ese preciso instante. Creo que fue un gesto cruel por mi parte no saber cómo entonar debidamente cada vocal y consonante de su apelativo en mis labios, así que en mi mente la llamé por distintos nombres, todos ellos ajustados a su perfecta imagen.

Apoyé la cabeza contra la pared, cerré los ojos, ¿pues qué otra cosa podía hacer? Con sólo unos pequeños movimientos al cielo me hacía llegar, y por un instante creí que podía ser mía, sólo para mí, una mujer capaz de atarme a un lugar como aquel donde podría vivir sin añorar la esencia de los paisajes, el aire de las montañas en mis pulmones, el amargo sabor que deja la tierra cuando te caes de bruces contra el suelo en un rodeo. Oímos una voz quejándose en la habitación de al lado porque la radio no funcionaba como era debido, y el hechizo se hizo pedazos. Volver a la realidad fue como darse un baño de agua fría a diez grados bajo cero, pero no nos quedaba más remedio que aceptar que el lugar al que la había llevado no era el más apropiado para un encuentro como el nuestro.

Hablé, pero me dijo que nada le importaba ya, sólo quería que la hiciese mía, nada más. Y yo me lo tomé cómo una petición que no podía eludir así que, sin haberme quedado del todo satisfecho, levanté a la señorita del suelo y con cuidado la dejé sobre el catre mientras me quitaba la molesta ropa que entorpecía mis movimientos y no me dejaba ir más allá del cumplimiento moral que entre ambos se había gestado.

Me coloqué a su lado y la besé. Fue un largo beso, profundo y rudo, tal y como ella esperaba que lo hiciera; le di pequeños mordiscos con los dientes tirando de sus carnosos labios, teniendo el suficiente cuidado de no herirla ni hacerle daño. Pero cuando más pronunciaba, más vacías me parecían esas sensaciones que sobre el corazón quedan y de recuerdos llenan nuestra mente.

Es fácil perderse en los brazos de mujeres que como ella sólo buscan vivir una aventura pasajera. Esas damas a las que sólo rememoro de vez en cuando y que elijo aleatoriamente en mis recuerdos se vuelven más temprano que tarde confusas y borrosas y sólo dejan tras de sí una amarga ilusión que siempre prometo no repetir, pero sin darme cuenta vuelvo a caer cuando en la añoranza acabo siguiendo las huellas del pasado y torpemente me topo con ellas otras vez, con distintos nombres, caras, vidas, pero en definitiva todas iguales.



Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados. 

lunes, 23 de junio de 2014

Desnuda ante mí.

  • Shally. - Su voz azarosa y sus dubitativas palabras nacieron en su garganta, sí, pero al inicio de su boca se detuvieron fingiendo ser impronunciables por sus labios.

Las yemas de los dedos de ella le tocaron con suavidad ascendiendo por su cara hasta que su rostro quedó pegado contra su frente y John pudo al fin paladear el dulce sabor que produce el descanso de la tranquilidad.

  • John.

Al oír su nombre en su boca no pudo evitar besarla con un fervor desmedido, valorando a los segundos como si fuesen años en el calendario, consciente de que siempre necesitaba más de ella, y todo cuanto le ofrecía le parecía siempre escaso. Amarla así resultaba enfermizo, y su sumisión doblegaba hasta sus huesos, a los que habría renunciado gustosamente por una sola caricia de ella. Y es que Shally tenía ese efecto en su vida.

Las piernas de ella tomaron el control, impulsando su cadera contra su cuerpo, atrayendo más a su erguido sexo contra sus húmedos labios.

El corazón de John latía eufórico, pero luchaba en silencio con ese pesar que no se le quitaba de la cabeza desde el primer día en que conoció a Shally. ¿Sería siempre suya? ¿Le amaría por siempre? ¿Cuando le diría ella es suficiente? Vivía la vida bebiendo a grandes sorbos del amor, pero sin llegar nunca hasta saborear el fondo de la copa, y es que sabía que si jugaba mal sus cartas ella acabaría saliendo dañada, y no podía permitirse semejante jugada.

La empujó contra la cama, donde su cuerpo rebotó contra el colchón, pero sin salir herida, y con sus cabellos despeinados sobre su rostro hundió sus dedos, pero John los tomó como suyos propios y se los llevó contra su boca para saborearlos, y sin darse cuenta su sexo creció de forma desmesurada, y gozando así de su confianza tomó las piernas de Shally y las abrió para deleitarse con su sexo, al que llenó de besos y lametazos al compás de los gemidos de su amada. Y al darse cuenta de que no podría aguantar por más tiempo la tomó para sí mismo como si con este astuto movimiento sus malos presentimientos pudieran desaparecer como una nube de polvo en el aire para siempre.



Akasha Valentine © 2014 Cartas a mi ciudad de Nashville. Todos los derechos reservados.